En medio del ritmo urbano, entre fachadas altas y pasos apresurados, este proyecto busca abrir un respiro. Un pequeño “oasis” donde la vegetación encuentra su propio lugar y diluye los límites de la arquitectura.

Aquí la asimetría es una aliada: permite que el espacio se sienta más libre, más orgánico, menos condicionado por la rigidez de su entorno. Los caminos se suavizan, las plantaciones se despliegan con naturalidad y el jardín empieza a contar otra historia, más lenta y más amable.

La vegetación se convierte en un gesto de bienvenida. Se asoma, se mezcla, acompaña. Hace que quienes cruzan esta urbanización sientan que, por unos instantes, la ciudad se abre y respira con ellos.

Un paisaje pequeño pero vivo, pensado para transformar lo cotidiano en un lugar de calma. Donde lo urbano y lo natural conviven sin imponerse, encontrando un equilibrio que invita a detenerse un segundo antes de seguir.

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Fotografía: Ruth Gundín
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